sábado, 27 de diciembre de 2025

113. Demostrar las āsanas

Un joven T.K.V. Desikachar en vimānāsana

Algunos profesores de yoga nunca hacen posturas delante de sus alumnos; puede ser una opción válida. Sin embargo, la mayoría prefieren mostrar las posturas en clase pues piensan que una breve demostración es preferible a una larga explicación.

En estos casos, no suelen llegar hasta el límite y mantienen las posturas muy brevemente pues al contrario que en su práctica personal, muchas veces los músculos del profesor no están lo suficientemente calientes. Además, si en estos momentos tiene que hablar para dar explicaciones, su mente se distraerá del āsana y correrá un cierto riesgo de lesión.

Mostrar un āsana en clase para enseñar la postura a los alumnos es muy distinto a practicar en solitario con una serie personal de posturas que se preparan y armonizan entre sí. Por tanto, en clase, el profesor debería mantenerse lejos de su práctica normal y si por casualidad alcanzara su límite de elasticidad debería concentrarse y evitar hablar en esos momentos. Por otro lado, la práctica puntual de āsanas en clase con sus alumnos, no debe eximir al profesor de practicar su sesión personal, especialmente si un día concreto tiene previsto dar varias clases seguidas.

 

112. Observar la mente es la clave

haṭhayogui en dvipādasirsāsana

La mente puede reflejar, tanto la pura conciencia, como el mundo fenoménico. Tiene dos funciones: presentar el mundo ante la pura conciencia y presentar la pura conciencia ante ella misma. La mente es un proceso compuesto que sirve necesariamente para un propósito ajeno a sí misma: la liberación a través de la experiencia del mundo objetivo. Sin embargo, buena parte del tiempo que se pasa en meditación, lo pasamos soñando despiertos. No nos engañemos, eso no es meditación. Lo parece, pero no lo es. No se trata de soñar despierto, sino de estar despierto. Cuando fantaseamos nos escapamos de la realidad. El problema es que nos gustan nuestras fantasías y nos inundamos de ellas. Vivimos llenos de ideas e ideales, confundiendo la vida real con las fantasías.

El objetivo de la meditación es lo más misterioso que existe, pues no es nada en particular, al menos nada que pueda explicarse. Meditar es, fundamentalmente, permanecer sentados absolutamente quietos y en silencio; y sentarse en silencio es, básicamente, observar los propios pensamientos. Observar la mente es la clave, pues mientras observamos no fantaseamos. Lo bueno de la meditación es que, con la práctica, llegamos a desechar todo lo irreal y a quedarnos exclusivamente con lo real, con la vida tal como es. Y entonces apreciamos colores, sabores, texturas y olores que son auténticos. Meditar es tirarse de cabeza a la realidad.

 

111.Orgullo

 

padmasirsāsana

El yoga tiene 8000 años de antigüedad, dice uno. No, tiene cientos de miles, dice otro. Los arios invadieron la India, dice uno. No, la India nunca fue invadida por los arios, dice otro. Patañjali vivió en el siglo V e.c., dice uno. No, vivió en el siglo II a.e.c. y además de yogui, fue gramático, médico y músico, dice otro. Las cosas existen realmente, dice uno. No, todo lo que hay es una ilusión de nuestros sentidos, dice otro... Y así vamos pasando el tiempo, en banalidades, olvidando lo que realmente importa. Tratamos de imponer nuestro criterio sin abrirnos a opiniones contrarias. Construimos un mundo de paradigmas y creencias personales que se vuelven inamovibles e intentamos con todas nuestras fuerzas que no se destruya. Nuestro ego está detrás. Nos horroriza perder la seguridad que proporciona el sistema de creencias que hemos construido. Tenemos miedo, mucho miedo.

Realmente, cuando buscamos la verdad, las creencias, la cultura y los datos no tienen la más mínima importancia. Precisamente tenemos que desprendernos de todo esto. Hay que aprender a callar, a aceptar el pensamiento contrario como posible. Hay que dejar el orgullo a un lado para que afloren la comprensión, el amor y la humildad. Tenemos que perder el miedo a abrirnos a lo desconocido, aunque lo que encontremos al final no tenga nada que ver con nuestras ideas preconcebidas. Entonces, seguramente miraremos atrás y sonreiremos...


domingo, 14 de diciembre de 2025

110. Origen de las āsanas



Pinturas en una cueva de Addaura, Sicilia, 15000-10000 a.e.c., mostrando a dos hombres en las posturas de la cobra real y el escorpión dentro de un círculo de danzantes.

El yoga, como disciplina espiritual, tiene sus orígenes en el Valle del Indo, actualmente Pakistán, hace miles de años (quizás entre 6 y 8 mil años, según las últimas investigaciones).  Parece ser que al principio derivó de las técnicas chamánicas inductoras del éxtasis heredadas del paleolítico, que utilizaban plantas alucinógenas, técnicas de ascetismo, música rítmica y danza mística. Concretamente, a la danza mística y acrobática que practicaban estos buscadores de la verdad se atribuye en gran parte el origen de las āsanas. En las cuevas de Addaura, Sicilia, se pueden apreciar unas pinturas rupestres del 15000-10000 a.e.c. representando a danzantes en posturas que evocan algunas āsanas de yoga. También en la cultura del antiguo Egipto se practicaba la danza acrobática con posturas muy complejas, posturas de inversión y de gran extensión corporal.


Sello de Paśupati, Valle del Indo, mostrando la imagen de un asceta en baddhakoṇāsana, 3000 a.e.c.

El paso de la danza a las posturas propias del yoga se sintetiza en el antiguo Śaivismo del Valle del Indo. Los chamanes de aquella cultura, los antiguos ṛṣis, observando a los animales pensaron que la imitación de las posturas que adoptaban les facilitaría la adquisición de ciertas características propias de dichos animales. Lo mismo dedujeron de la observación de la vida vegetal, de la naturaleza y del cielo estelar. Por otro lado, el desarrollo de la medicina natural y la anatomía, permitieron un conocimiento más profundo del cuerpo humano y sus funciones. El conocido sello de Paśupati encontrado en el Valle del Indo y mostrando la imagen de un asceta sentado en postura de meditación (baddhakoṇāsana), puede fecharse hacia el 3000 a.e.c. Pero hay que esperar hasta Vyāsa en el siglo V, para encontrar la primera cita de una serie de posturas, entre las que destacan las āsanas de meditación. El primer grabado de una postura yóguica, distinta de las āsanas de meditación, se descubrió en la pared de un templo en Andhra Pradesh, fechado cerca de 1510. Sin duda, las āsanas son una parte importante del yoga esotérico desde su mismo inicio, hace ya miles de años.


 

109.Namaste

Namaste al inicio del saludo al sol

Namaste es un término sánscrito que significa literalmente “te saludo a ti”. Es una fórmula de reverencia muy extendida por todo el continente asiático que suele acompañarse del añjali mudrā: un gesto en el que se unen las dos palmas de las manos a la altura del pecho. Tal es su importancia que solo adoptando este gesto y sin palabras, a veces acompañado de una ligera inclinación de cabeza o incluso del tronco, se expresa un profundo y humilde respeto hacia lo otro.

Se suele hacer namaste no solo al encontrarse o separarse dos personas, sino también ante cualquier objeto simbólico, ante un paisaje excepcional, como gesto de agradecimiento o incluso ante el mismo asiento de meditación, considerado como asiento sagrado donde la realidad puede ser percibida.

108.Respiración en las asanas


En haṭhayoga, todo āsana debe ser conducido por la respiración consciente. El método para coordinar la respiración con los movimientos y la permanencia en las posturas, puede ser muy distinto de uno a otro practicante y de una a otra escuela. 

El primer método, el más sencillo, consiste en respirar conscientemente pero de forma normal, sin detenciones ni brusquedad, en forma silenciosa, fácil y regular durante toda la sesión de āsanas

Otro método, más elaborado y complejo, consiste en sincronizar rigurosamente la respiración con las diversas fases de cada āsana. En general, las inspiraciones se utilizan durante los movimientos de extensión hacia atrás. Las espiraciones en los de flexión hacia adelante y en los movimientos de torsión. Además, también pueden incluirse retenciones con los pulmones llenos durante la fase estática de algunas posturas. Se trata de un método mucho más avanzado y requiere la supervisión de un profesor competente pues, en caso de error, puede disminuir de forma importante la eficacia de la postura. 

Finalmente, otro método aún más complicado, combina el primero de respiración consciente, pero ahora más profunda y lenta, con la técnica ujjāyī. Esta técnica consiste esencialmente en igualar el tiempo de inspiración y espiración y frenar el paso del aire, tanto al inspirar como al espirar contrayendo un poco la zona de la glotis. El aire así frenado produce un ligero zumbido o sonido sordo a su paso por la parte posterior del paladar. El sonido producido es débil pero perfectamente audible desde el exterior y similar a un ronquido suave.

Todos estos métodos buscan la penetración consciente del aliento, la absorción de la mente y la comunión íntima con el cuerpo. Mucho más que adquirir gran flexibilidad y poder hacer posturas increíbles, concentrarse en la respiración y sincronizarla con el movimiento es la forma correcta de profundizar en la práctica de las āsanas.


107. El sentido de la vida

 

gomukhāsana

A una mascota no le preocupa el sentido de la vida. Lo que puede preocuparle es que su amo no le dé la comida a la hora acostumbrada, pero desde luego no se siente afligida preguntándose si conseguirá algún deseo o la liberación espiritual. Mientras reciba su comida y un poco de cariño, su vida será perfecta. Pero los seres humanos no somos como las mascotas. Nuestra mente nos crea numerosos problemas. Si no conseguimos entender las cosas, si no alcanzamos a conocer como funcionamos, quienes somos en realidad y para qué vivimos y morimos, nos inundará una profunda insatisfacción.

Hasta cierto punto, todos encontramos la vida difícil, desconcertante e injusta. Aun cuando todo vaya bien, nos preocupa pensar que probablemente no durará mucho. Nadie piensa que su vida sea perfecta, pero hay algo dentro de nosotros que sabe básicamente que somos libres e ilimitados. Estamos atrapados en una gran contradicción, vemos la vida como un gran enigma y así, empezamos a buscar respuestas a este problema. Primero buscamos fuera de nosotros: un coche más grande, mejor casa, mejores vacaciones, mejor trabajo. Todos pasamos por esto y cuando comprobamos que seguimos insatisfechos iniciamos una búsqueda más sutil y emprendemos una disciplina espiritual. Puede ser el yoga, el tai-chi, el zen o el budismo tibetano..., incluso alguna de las artes marciales. Y puede que también nos pasemos un tiempo cambiando de una a otra disciplina para al final decidirnos por un camino personal de descubrimiento interior que nos alumbre la razón de la existencia. Aun así, seguiremos teniendo deseos y rechazos, apegos y aversiones, pero ahora será por motivos totalmente diferentes. Desearemos comprender la existencia y alcanzar la iluminación. Evitaremos la violencia, el daño a los otros y a nuestro entorno. Y, quien sabe, quizás algún día lleguemos a comprender que ni siquiera hay que perseguir estas motivaciones, que no hay que buscar la iluminación, pues ha estado siempre ahí, justamente delante de nuestras narices.


106. Meditación en grupo

 

Theos Bernard revisando textos tibetanos en Lasha, 1936

Casi todo el mundo se inicia en yoga practicando āsanas, relajación y algún ejercicio de respiración en un centro de yoga. Al cabo de un tiempo, quizás por la forma de dar clase el profesor o porque el fruto ya está maduro, lo cierto es que algunos alumnos necesitan comenzar con la meditación. La meditación es la técnica reina, la verdadera práctica que lleva al practicante al estado de Yoga.

Igual que con las técnicas psicofísicas, la meditación se empieza a practicar en grupo, aunque formar un grupo de este tipo pueda parecer una gran responsabilidad para un profesor de yoga con poca o mediana experiencia. Como norma general, el profesor debe seguir su instinto y enseñar lo que él mismo practica. En realidad la meditación no se enseña. Sólo se enseña una técnica sencilla que puede llevar hacia la meditación. Por añadidura, el profesor tiene que responder las dudas que plantean los que se inician. Aquí, mucho más que en otras técnicas, la clave es la paciencia, tanto para los discípulos como para el maestro, pues para formar un grupo de estas características no es necesario ser un gran maestro. Se trata de dirigir a unas personas que se sientan a meditar juntas creando un clima de fuerza interior. Una de ellas debe marcar la pauta a seguir, pero no tiene porqué ser un maestro autorrealizado. Es suficiente con tener cierta experiencia. El grupo evoluciona por sí mismo. En estos casos, es bueno invitar a un maestro reconocido siempre que se pueda, sea de la escuela que sea, y organizar asistencias del grupo a encuentros de meditación con maestros experimentados. Sin duda, la meditación en grupo es mucho más fuerte que en solitario y a diferencia de cuando se enseñan āsanas y prāṇāyāma, el profesor puede ser un practicante más que participe de la profunda intensidad que se crea.


miércoles, 29 de octubre de 2025

105. ¿Es femenino el yoga?


Vanda Scaravelli en dvipādasirsāsana

El yoga se desarrolló en la India como práctica casi exclusivamente masculina y durante milenios ha evolucionado sin salir del subcontinente indio. Hace poco más de cien años se inició su difusión en otros países y hoy en día se calcula que hay más de 250 millones de practicantes de yoga en todo el mundo, de los cuales solo en Estados Unidos practican unos 20 millones de personas, 4 millones en Alemania, 4 millones en el Reino Unido y 3 en Francia. Aunque estos datos son solo estimativos, dan idea de la dimensión social que constituye esta práctica.

Una interesante consecuencia de esta fuerte expansión es que el dominio masculino ha cambiado radicalmente. Aproximadamente el 80% de practicantes de yoga fuera de la India son mujeres entre los 35 y los 55 años de edad, aunque se mantiene equitativa la proporción de sexos entre profesores. Para comprender este fenómeno podemos fijarnos en los deportes, en especial en los de competición que por lo general cuentan con más practicantes y espectadores masculinos que femeninos. Quizás sea porque el deporte persigue “vencer a los otros”, mientras que el yoga lo que persigue es “dominarse a sí mismo”. El deporte es activo y se orienta hacia el exterior, y el yoga es pasivo y se dirige hacia el mundo interior. El deporte requiere fuerza y resistencia, mientras que el yoga busca sobre todo equilibrio y flexibilidad. Desde un punto de vista estético, el deporte desarrolla la musculatura y el yoga favorece más la gracia y armonía de movimientos. En consecuencia, parece que en nuestra cultura el yoga físico está más destinado a las mujeres que a los hombres, debido al arraigado estereotipo de la virilidad occidental.

104. Longitud de la espiración

Rajeswari Raman en paścimottānāsana

La longitud de la respiración está directamente relacionada con la actividad que desarrollamos. En el Gheraṇḍasaṃhitā se establecen para distintas situaciones las siguientes medidas: “La longitud normal de la espiración es de 12 dedos (22,86 cm); cuando se canta, esta corriente mide 16 dedos (30,48 cm); al comer es de 20 (38,10 cm); al caminar es de 24 (45,72 cm); al dormir es de 30 (57,15 cm); durante las relaciones sexuales es de 36 (68,58 cm) y al hacer ejercicio físico puede ser aún mayor. Reduciendo la longitud normal de la espiración por debajo de 12 dedos y haciéndola cada vez menor, se alarga la duración de la vida. Por contra, aumentando la longitud de la espiración la duración de la vida se reduce”.

También se ha observado que mientras más absorta y concentrada está la mente, más corto es el aliento. Y durante el samādhi se vuelve imperceptible. Por ello, una práctica avanzada y aparentemente sencilla de prāṇāyāma es tomar conciencia de la respiración y reducir progresivamente su longitud. La respiración debe volverse cada vez más silenciosa y suave, cada vez más lenta y profunda, sin sacudidas, hasta que prácticamente desaparece toda actividad respiratoria y se confunden inspiración y espiración en un movimiento mínimo. Esta técnica exige una concentración excepcional. Su dominio supone prácticamente la suspensión automática de la respiración; es el "cuarto estado", la práctica más elevada de prāṇāyāma que abre las puertas de par en par hacia la interiorización profunda de la conciencia. 

 

103. Observación pura

 

Meditación tántrica

Para meditar no importa sentirse bien o mal, contento o triste, esperanzado o desilusionado. Cualquier estado de ánimo que se tenga es el mejor estado de ánimo posible en ese momento para sentarse a meditar. Cuando meditamos, estamos en donde sea plenamente. Entonces, la felicidad está al alcance de la mano; es algo muy simple. Sólo hay que pararse, callar, escuchar y mirar, aunque pararse, callar, escuchar y mirar se nos haga tan difícil que hayamos tenido que recurrir a un método concreto para algo que debiera ser natural. Meditar no es difícil, lo difícil es ponerse a ello.

Ciertamente, la meditación “desnuda”, la pura observación mental, puede ser el camino más directo y radical hacia nuestro ser más profundo, pero requiere una firme determinación. No es excepcional que quien se decide por una meditación tan dura y seca como ésta haya pasado antes por otras muchas disciplinas de búsqueda interior; y tampoco es excepcional que muchas personas salgan espantadas tras los primeros intentos de meditación, pues se trata de algo muy físico y muy simple; quizás, demasiado natural... En la meditación de pura observación, en quietud y silencio, no hay adornos ni florituras. Solo hace falta paciencia, determinación y una extraordinaria humildad, es decir, dejar las ideas y tocar la realidad.


102. Los estados mentales


Vanda Scaravelli con su maestro Iyengar en purnamatsyendrāsana

Básicamente podemos afirmar que casi todos somos pasivos o activos, pero es en la mezcla de ambos, donde predominan la duda y la inseguridad; es ahora cuando puede presentarse el interés por iniciar la búsqueda de uno mismo. Según el primer comentario de los Yoga Sutras, en todas las personas domina uno de los cinco estados mentales posibles:

1.- El primero corresponde a personas con poca energía, aletargadas, sin inclinación a actuar y cuyas mentes se encuentran confusas debido en muchos casos a sobrealimentación, falta de sueño, drogas, constitución física, etc. En ellas la pasividad (tamas) domina completamente.

2.- El segundo tipo corresponde al otro extremo:  personas impulsivas, inquietas, cuya mente está perturbada y es incapaz de entender algo al sentirse continuamente arrastrada por los deseos. En estas personas la actividad (rajas) es su razón de ser.

3.- No obstante, casi todos oscilamos entre la actividad y la inercia. Y es ahora, a partir de una mente inestable, insegura y llena de dudas, cuando tenemos la posibilidad de emprender la búsqueda interior. De esta forma se produce la concentración de la mente, aunque este estado no dura mucho a causa de su inherente tendencia a la distracción. Ahora, tamas y rajas se alternan para dominar la mente.

4.- A medida que ahondamos en la práctica, nuestra mente se dirige cada vez con más facilidad en una dirección y alcanzamos un estado mental nuevo en el que la lucidez mental (sattva) empieza a dominar sobre las características anteriores.

5.- Al final, podemos llegar al control mental absoluto, a la observación pura; entonces, la claridad mental domina completamente y descubrimos una nueva visión de las cosas, de las personas, del mundo...

miércoles, 15 de octubre de 2025

101. La base del yoga

Sri Dharma Mittra en una variación de vṛścikāsana

En yoga todos somos principiantes. Es muy poco lo que sabe un practicante avanzado en relación con la inmensidad del yoga. En la práctica, tanto el avanzado como el principiante tienen que respetar las mismas reglas y se encuentran exactamente en la misma posición psicofisiológica. Puede haber diferencias de flexibilidad y de habilidad para ciertas técnicas pero siempre hay que volver a los principios esenciales, los mismos que se enseñan a todos los que empiezan. Aunque tradicionalmente se consideran ciertos comportamientos sociales (yama) y personales (niyama) como la base misma del yoga, realmente son las āsanas la puerta de entrada al yoga físico.

La práctica correcta de las āsanas es una exigencia básica para todo adepto al yoga. Para que una postura pueda considerarse āsana basta con respetar al máximo cinco puntos: 

1.- inmovilidad, 

2.- largo tiempo, 

3.- sin esfuerzo, 

4.- con control de la respiración, 

5.- con concentración. 

Las āsanas no son solo el primer contacto del principiante con el yoga, también son el puente de acceso a otros estados más avanzados. En general, las āsanas están diseñadas para estirar los músculos mucho más allá de su límite de elasticidad normal. Las claves para lograr dicho estiramiento son la paciencia, la concentración y la suavidad en el movimiento. Actualmente hay una tendencia muy generalizada a que el profesor de yoga aplique ajustes y empujes al alumno para facilitarle el āsana y hacerle progresar. Esto es muy peligroso si no se hace bien, si se ignora el momento exacto en que debe aplicarse el empuje y la presión que debe ejercerse. Cuando se mantiene una āsana en inmovilidad, hay que relajar la musculatura poco a poco. Cualquier estremecimiento o crispación en el músculo estirado será indicación clara de que no se encuentra distendido. Cuando se traspasa el límite normal de estiramiento muscular durante la ejecución de una āsana, los movimientos deben ser muy suaves y muy lentos. Y en el límite del estiramiento, la inmovilidad debe prolongarse progresivamente. Solo bajo estas condiciones podemos afirmar que realmente estamos practicando āsanas.

 

100. El círculo vicioso

Sarath en baddhakonāsana

Nuestro mayor problema es que no sabemos cual es nuestra esencia más íntima. Pensamos: “existo yo y el mundo, objetos distintos, cosas diferentes, división, separación…” Creemos que hay cosas que nos agradan y nos dan placer creando en nosotros el deseo de poseerlas, de no perderlas, de repetirlas. Nos parece que hay objetos y situaciones desagradables, que nos disgustan y crean malestar. Nace entonces la aversión, el rechazo. Intentamos por todos los medios que no nos afecten, que no se crucen en nuestro camino. Tanto el deseo como el rechazo crean una tensión creciente que alimenta nuestras vidas y da origen al miedo. Miedo por no obtener lo que deseamos, o por perderlo si lo tenemos. Miedo a que las situaciones negativas nos afecten, a que se reproduzcan viejos problemas. Miedo a lo desconocido y en último término, miedo a la muerte. Y todo esto, además de resultar completamente agotador, desemboca en una situación permanente de angustia, de ansiedad y dolor.

Para eliminar este círculo vicioso, Patañjali propone la práctica de la meditación. Mediante la pura observación de uno mismo, en completa quietud y silencio, llega a desaparecer la distinción entre las cosas y surge nuestra auténtica naturaleza. Entonces, la realidad se muestra clara y luminosa, como la luna llena en una noche despejada.

 

99. El yoga de hoy en día

Yogiraj Jagannath Das, Haridwar Kumbh Mela, 2010

Es curioso lo distinto que es el yoga que se practica hoy en día del haṭhayoga que durante siglos se ha practicado en la India y que se encuentra esbozado en textos de la Edad Media, como el Haṭhayogapradīpikā. Hoy en occidente, cada vez más se asimila el yoga a la práctica de un deporte de moda sin tener en cuenta que las posturas no son simples ejercicios físicos, sino que actúan intensamente sobre los sistemas nervioso y circulatorio, sobre los aparatos digestivo y respiratorio, sobre las glándulas y el sistema linfático, etc. Su acción es mucho más poderosa sobre los órganos internos que sobre los músculos y las articulaciones y, sin embargo, se banalizan sus efectos sin tener en cuenta la enorme influencia que ejercen en el organismo. Todo esto se amplifica si hablamos del prāṇāyāma, tratado injustamente como simples ejercicios respiratorios y despreciando su influencia sobre la energía vital que alimenta nuestro ser.

En sus orígenes, el haṭhayoga no era un método exclusivo de cultura física. Su principal objetivo era purificar el cuerpo para que la energía primordial (prāṇa) pudiera circular sin obstrucciones por el organismo y despertar kundalini, el potencial de energía interna adormecido en nuestro interior. Se suponía que tal despertar conduciría indefectiblemente hacia el samādhi, la conciencia trascendente, que era el objetivo último. También se buscaba alargar la longevidad con objeto de disponer de más tiempo para desarrollar las complicadas técnicas psicofísicas. Otro objetivo del haṭhayoga tradicional era la consecución de poderes paranormales, aunque se aconsejaba al auténtico buscador que hiciera un uso muy discreto de ellos.

En fin, comparado con el yoga de hoy en día, aunque sea muy loable la búsqueda de la salud física, la flexibilidad, la relajación y el equilibrio emocional, tenemos que reconocer que hemos bajado bastantes peldaños en nuestras expectativas. A diferencia de antes, en que la práctica de āsanas no era ni con mucho lo más importante, hoy en día las posturas marcan el principio y el fin de una sesión de yoga. Las clases masivas en lugar de la relación directa del discípulo con su maestro, las técnicas generalizadas para todo el mundo en vez de las técnicas específicas que el gurú enseñaba a cada practicante; en definitiva, la pérdida del esoterismo que de alguna forma transformaba el haṭhayoga en una práctica sagrada… es lo que se practica de forma general hoy en día; pero sin duda, el haṭhayoga tradicional sigue conservándose tan oculto y misterioso como siempre ha estado durante siglos.

 

viernes, 10 de octubre de 2025

98. El arte de meditar


 

Swami Kripalvananda en meditación

Cuanto más meditamos, mayor es la capacidad de percepción y más fina la sensibilidad. La mirada se limpia y empezamos a ver el verdadero color de las cosas. El oído se agudiza hasta límites insospechados y se empieza a escuchar el verdadero sonido del mundo. Todo, hasta lo más vulgar, parece más brillante y sencillo. Normalmente oscilamos entre lo que éramos antes de la meditación y lo que empezamos a ser ahora. Unas veces estamos aquí y ahora, meditando; y otras veces no sabemos dónde, allá donde nos llevan nuestras incontables distracciones. Meditar es el arte de saber estar aquí y ahora, ni en otro sitio, ni en otro tiempo. Una consecuencia importante de la meditación es el profundo convencimiento de unidad entre todo lo que hay. De ello derivan el contento, la satisfacción, la compasión, el amor y la felicidad. Entonces es cuando ahiṃsā, la no violencia, deja de presentarse como un precepto a cumplir para transformarse en algo natural, característico de la vida misma. Gracias a la meditación se termina descubriendo que no existo yo y el mundo, sino que el mundo y yo somos una misma cosa. Es como si hubiéramos nacido para estar sentados y en silencio, acompañando la propia respiración, hasta disolvernos en ella.


97. Postura de relajación


El pionero del yoga, Sir Paul Dukes, en una antítesis de śavāsana

Hay quienes opinan que la más importante de todas las āsanas es la inversión sobre la cabeza (sirsāsana), por los múltiples beneficios que la inversión corporal promete al cuerpo. En la misma línea, otros consideran que la postura invertida sobre los hombros (sarvāṅgāsana) es la más favorable, pues a los beneficios de la anterior se añaden los derivados por la compresión de la garganta. Incluso hay muchos adeptos que rechazan estas dos posturas y se inclinan por considerar al loto (padmāsana) como la estrella del yoga, por ser la mejor posición en la que se puede practicar meditación y prāṇāyāma. Creo que desde el punto de vista de beneficios físicos contra facilidad de ejecución, todos están equivocados.

En mi opinión, la mejor postura que podemos practicar es la posición del cadáver (śavāsana), muchas veces infravalorada. Esta modesta posición, en la que se elimina al máximo la tensión corporal y que resulta accesible a todo el mundo desde el primer momento, no tiene rival. Ni siquiera en profunda meditación, la relajación física es tan intensa. Ningún practicante de yoga debería finalizar su sesión sin permanecer 10 ó 15 minutos como mínimo en śavāsana. También es muy aconsejable practicar una o dos veces al mes una sesión de relajación profunda (yoganidra), de una hora o más de duración. Resulta completamente rejuvenecedor.

96. El maestro interior


 

T. Krishnamacharya enseñando marīcyāsana a una joven occidental

La enseñanza de un gurú es muy importante, pero también resulta difícil encontrar uno que sea auténtico. Al principio, al menos durante los primeros años de práctica, es bueno seguir las orientaciones de un buen instructor. En todo caso, es preciso despertar al maestro interior que llevamos dentro. En el fondo, todos somos mucho más sabios de lo que creemos, pues en ese fondo todos sabemos con certeza lo que hay que hacer en cada momento. Nuestro maestro interior no se inventa nada, no dice nada que no sepamos ya con antelación. Realmente, sobran todos los maestros. Un gurú, por muy auténtico que sea, no puede enseñar nada a nuestra auténtica naturaleza. Solo puede señalar la luna, pero somos nosotros los que debemos mirarla. En los momentos de verdadera soledad el único maestro que podemos tener está en nuestro interior, porque en esos momentos no hay nada más y todo lo que hay está en nosotros. Cada uno de nosotros posee en sí mismo toda la sabiduría del mundo. El problema es que menospreciamos al maestro interior y dejamos que se adormezca. Hay que despertarlo rindiéndose ante la evidencia. Tanto cuando hacemos āsanas, como durante la meditación, hay que evitar las resistencias, hay que rendirse ante la realidad, sea esta la que sea. 

Si lo pensamos bien, el yoga es una escuela de apertura, especialmente ante los momentos desagradables. Si en el mundo se nos enseña a cerrarnos ante el dolor, el yoga nos enseña que hay que abrirse completamente y comprender su origen. Algunos acusan a las āsanas y a la meditación de ser prácticas masoquistas y al principio puede llegar a parecérselo a todo practicante, pero con el tiempo las molestias se transforman y cambian de signo. Ciertamente, se llega a un punto en que practicar a diario se convierte en una prioridad. Entonces, el maestro interior surge realmente como nuestro guía más preciado… Y en ese momento el yoga deja de ser un “tener que hacer” para convertirse en una celebración. 

95. Inicios en la meditación

Yoguini en meditación

Generalmente, durante los primeros meses de práctica, se medita mal, muy mal; mantener la espalda recta y las rodillas dobladas no resulta nada fácil y, por si esto fuera poco, la mente no para de dar vueltas y se suele respirar con cierta agitación. Sin embargo, hay algo poderoso que impulsa al practicante: la intuición de que el camino de la interiorización conduce al encuentro con lo más íntimo de uno mismo.

Durante los primeros meses o el primer año de meditación diaria suele haber molestias por todo el cuerpo: zona lumbar, dorsal, cervical, rodillas, empeines…, hasta que te das cuenta de que solo hay que sentarse para ser consciente del dolor que siempre está ahí. Entonces, a partir de ese momento, sólo hay que indagar el dolor para que desaparezca o, simplemente, cambie de lugar.

Justo después de las molestias físicas, lo que se percibe es la gran inquietud mental que suele desembocar en un enorme aburrimiento. Intentamos respirar pausadamente, pero la mente es bombardeada sin cesar por deseos incumplidos, ensoñaciones y miedos recurrentes. La primera conclusión es que quedarse a solas con uno mismo puede resultar casi insoportable. Estar atento a las propias distracciones es mucho más complicado de lo que uno se imagina. Por tanto, al principio es muy fácil claudicar ante el menor contratiempo o adversidad. Para ello, surgen continuas razones, todas aparentemente buenas y suficientes: “la postura me va a dañar las rodillas”, “estoy perdiendo el tiempo, con todo lo que tengo que hacer”, “¿qué he conseguido realmente tras tanto tiempo dedicado sencillamente a sentarme y respirar?

Contra todo pronóstico, hay quienes inexplicablemente perseveran y, con el tiempo, llegan a comprender que se puede estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, sin aprovechar, sin rendir; se puede estar en el mundo, fundiéndose con él. Y entonces, cuanto más te sientas a meditar, más te quieres sentar y parece que lo más natural es precisamente la meditación. Ciertamente, al principio todo parece más importante que meditar, pero llega un momento en que sentarse y no hacer otra cosa que estar presente con uno mismo, se convierte en lo más importante y satisfactorio de nuestra vida.


94. Ahiṃsā, la no violencia


André Van Lysebeth en viparītakaraṇīmudrā

Los seguidores del jainismo consideran que ningún grado de ascetismo o práctica de meditación puede conducir a la liberación, a no ser que se acompañe de una cuidadosa observancia de las normas éticas y en especial de ahiṃsā, la no violencia. Esta norma implica no solo no matar a cualquier ser vivo, si no la mera intención de dañar a otro ser.

En la práctica no es posible seguir este precepto de forma absoluta, pues la vida  es un proceso de interrelación entre todos los seres vivos. La vida se nutre de la vida. Una opinión muy generalizada es que, si no hay otra opción, debemos abstenernos de dañar a los seres vivos “más evolucionados”. Así, sería completamente inadmisible dañar a otras personas. En la escala evolutiva seguirían los animales y, dentro de estos, primero los mamíferos y después las aves, los reptiles, los peces y los insectos; más abajo, en la escala de ahiṃsā, estarían las plantas y, dentro de ellas, primero los árboles y después todas las demás, hasta la simple brizna de hierba. Esta es una escala de valores práctica y en absoluto real. Influyen los sentimientos y la visión antropocéntrica, según la cual el hombre es el centro del universo. La realidad es que a veces es más valiosa la vida de un árbol que la de un animal. Y a veces… un animal puede tener más derecho a la vida que una persona. Los jainistas llevan al extremo la norma de ahiṃsā y evitan no dañar en absoluto a ningún ser vivo, sin hacer distinciones ni categorías, siempre que sea posible.

En nuestra sociedad esta forma de proceder no resulta muy práctica y el yogui debe interpretar ahiṃsā de forma puntual, sin caer en los excesos y partiendo de una actitud de humildad en la que cada persona no es en absoluto el centro alrededor del cual gira el universo, sino que ella misma es el universo entero.

113. Demostrar las āsanas