Vanda Scaravelli en dvipādasirsāsana
El yoga se
desarrolló en la India como práctica casi exclusivamente masculina y durante
milenios ha evolucionado sin salir del subcontinente indio. Hace poco más de
cien años se inició su difusión en otros países y hoy en día se calcula que hay
más de 250 millones de practicantes de yoga en todo el mundo, de los cuales
solo en Estados Unidos practican unos 20 millones de personas, 4 millones en
Alemania, 4 millones en el Reino Unido y 3 en Francia. Aunque estos datos son
solo estimativos, dan idea de la dimensión social que constituye esta práctica.
Una interesante
consecuencia de esta fuerte expansión es que el dominio masculino ha cambiado
radicalmente. Aproximadamente el 80% de practicantes de yoga fuera de la India
son mujeres entre los 35 y los 55 años de edad, aunque se mantiene equitativa
la proporción de sexos entre profesores. Para comprender este fenómeno podemos
fijarnos en los deportes, en especial en los de competición que por lo general
cuentan con más practicantes y espectadores masculinos que femeninos. Quizás
sea porque el deporte persigue “vencer a los otros”, mientras que el yoga lo
que persigue es “dominarse a sí mismo”. El deporte es activo y se orienta hacia
el exterior, y el yoga es pasivo y se dirige hacia el mundo interior. El
deporte requiere fuerza y resistencia, mientras que el yoga busca sobre todo
equilibrio y flexibilidad. Desde un punto de vista estético, el deporte
desarrolla la musculatura y el yoga favorece más la gracia y armonía de
movimientos. En consecuencia, parece que en nuestra cultura el yoga físico está
más destinado a las mujeres que a los hombres, debido al arraigado estereotipo
de la virilidad occidental.

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