haṭhayogui en dvipādasirsāsana
La mente puede
reflejar, tanto la pura conciencia, como el mundo fenoménico. Tiene dos
funciones: presentar el mundo ante la pura conciencia y presentar la pura
conciencia ante ella misma. La mente es un proceso compuesto que sirve
necesariamente para un propósito ajeno a sí misma: la liberación a través de la
experiencia del mundo objetivo. Sin embargo, buena parte del
tiempo que se pasa en meditación, lo pasamos soñando despiertos. No nos
engañemos, eso no es meditación. Lo parece, pero no lo es. No se trata de soñar
despierto, sino de estar despierto. Cuando fantaseamos nos escapamos de la
realidad. El problema es que nos gustan nuestras fantasías y nos inundamos de
ellas. Vivimos llenos de ideas e ideales, confundiendo la vida real con las
fantasías.
El objetivo de la meditación es lo más
misterioso que existe, pues no es nada en particular, al menos nada que pueda
explicarse. Meditar es, fundamentalmente, permanecer sentados absolutamente
quietos y en silencio; y sentarse en silencio es, básicamente, observar los
propios pensamientos. Observar la mente es la clave, pues mientras observamos
no fantaseamos. Lo bueno de la meditación es que, con la práctica, llegamos a
desechar todo lo irreal y a quedarnos exclusivamente con lo real, con la vida
tal como es. Y entonces apreciamos colores, sabores, texturas y olores que son
auténticos. Meditar es tirarse de cabeza a la realidad.

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