Theos Bernard revisando textos tibetanos en Lasha,
1936
Casi todo el mundo
se inicia en yoga practicando āsanas, relajación y algún ejercicio de
respiración en un centro de yoga. Al cabo de un tiempo, quizás por la forma de
dar clase el profesor o porque el fruto ya está maduro, lo cierto es que
algunos alumnos necesitan comenzar con la meditación. La meditación es la
técnica reina, la verdadera práctica que lleva al practicante al estado de
Yoga.
Igual que con las técnicas psicofísicas, la
meditación se empieza a practicar en grupo, aunque formar un grupo de este tipo
pueda parecer una gran responsabilidad para un profesor de yoga con poca o
mediana experiencia. Como norma general, el profesor debe seguir su instinto y
enseñar lo que él mismo practica. En realidad la meditación no se enseña. Sólo
se enseña una técnica sencilla que puede llevar hacia la meditación. Por
añadidura, el profesor tiene que responder las dudas que plantean los que se inician.
Aquí, mucho más que en otras técnicas, la clave es la paciencia, tanto para los
discípulos como para el maestro, pues para formar un grupo de estas
características no es necesario ser un gran maestro. Se trata de dirigir a unas
personas que se sientan a meditar juntas creando un clima de fuerza interior.
Una de ellas debe marcar la pauta a seguir, pero no tiene porqué ser un maestro
autorrealizado. Es suficiente con tener cierta experiencia. El grupo evoluciona
por sí mismo. En estos casos, es bueno invitar a un maestro reconocido siempre
que se pueda, sea de la escuela que sea, y organizar asistencias del grupo a
encuentros de meditación con maestros experimentados. Sin duda, la meditación
en grupo es mucho más fuerte que en solitario y a diferencia de cuando se
enseñan āsanas y prāṇāyāma, el profesor puede ser un practicante
más que participe de la profunda intensidad que se crea.

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