lunes, 5 de octubre de 2026

117. Nuestra meditación

Swami en meditación

Exactamente igual que vivimos, así es nuestra meditación: con miedos, con imágenes, con conceptos… Durante la meditación, los más nostálgicos se dedican sobre todo a rememorar su pasado; los enamorados sólo ven a su pareja y los más dispersos son víctima de multitud de estímulos. Porque nadie se sienta a meditar con lo que no es. Meditar no es sólo sentarse inmóvil, con la espalda recta y en silencio; hay que observar lo que sucede en nuestro interior. Cuanto más observamos, más aceptamos. La observación desapegada no cambia las cosas que nos suceden, pero nos cambia a nosotros mismos. Siempre andamos buscando soluciones a nuestros problemas y quizás lo más razonable sea encarar cada obstáculo que se nos presenta y vivirlo directamente. Entonces puede que nos demos cuenta de que en realidad no hay tales obstáculos. O somos conscientes de nuestros enfados, nuestros nervios y nuestras preocupaciones…, o los nervios, las preocupaciones y los enfados nos dominarán.

 

116. La oración en el yoga clásico

ekapadaūrdhvadhanurāsana

En el yoga clásico no hay oración. Orar es hablar con Dios. Se trata de un término religioso. Patañjali habla de īśvarapraṇidhāna, que significa entrega o sumisión al ser supremo, a la perfecta esencia completamente aislada, en el sentido de abandono de los frutos de nuestras acciones o actuación con desapego absoluto. Esto no es orar. También dice Patañjali que esta entrega a īśvara puede practicarse mediante la recitación de "om". Recitar "om" puede parecer un rezo desde el exterior, pero no conlleva la componente de diálogo con la divinidad en la cual suelen incorporarse peticiones personales a un poder cósmico.

En el yoga postclásico, practicado dentro del seno del hinduismo, se incorpora el canto de mantras o kirtan, en los cuales se establece una especie de diálogo-alabanza-petición a los dioses. Esto ya podría considerarse propiamente una oración. Algunos dicen que sentir la “presencia” es un modo de orar, de "hablar" con el Ser, de estar unido. Pero, ¿sentir la presencia, de qué?, ¿unirse, a qué? Para orar tiene que haber dos entidades separadas: el que ora y aquello a lo que se dirige. Esto puede tener sentido en otras filosofías o en las distintas religiones, pero en el yoga de Patañjali lo que se persigue no es una unión con algo superior, sino una vuelta al origen, al reencuentro con uno mismo, con la esencia que en verdad somos.

 

115. Flexibilidad

 

gheraṇḍāsana

La flexibilidad es la principal característica física de la juventud. Cuando alguien entra en un centro de yoga para su primera sesión, se siente bastante frustrado: la sencilla pinza parece una hazaña totalmente inaccesible, las rodillas se niegan a seguir apoyándose en el suelo y la espalda permanece rígida como una tabla. Sin embargo, tras unos pocos días de práctica, comprobamos que se puede vencer esa inercia de la columna y que la flexibilidad natural se recupera poco a poco. Si somos constantes, en pocos meses o años, dependiendo de nuestra edad y constitución, alcanzaremos un aceptable nivel de flexibilidad. Más adelante, los progresos se harán más lentos y en cierto momento parecerá que hemos alcanzado nuestro tope. Esta es la evolución normal que todos seguimos.

En la práctica, no es realmente necesario forzar las āsanas hasta llegar al límite extremo de elasticidad. Es conveniente dejar un pequeño margen de seguridad en el estiramiento que nos permita relajar los músculos y evite que, sin querer, sobrepasemos nuestros límites. El estiramiento debe ser siempre agradable. Forzar las āsanas hasta el límite extremo no nos hará más flexibles en menos tiempo. La práctica regular y perseverante, con lentitud y concentración, resulta mucho más eficaz que la intensidad en las āsanas. Durante el máximo estiramiento hay todo un trabajo de relajación que debe hacerse a nivel inconsciente. Con la técnica adecuada, se puede recuperar muy bien la flexibilidad pues, sin duda, podemos ser mucho más flexibles de lo que creemos.


114. Deformación de los sentidos

 

Pintura mural de un yogui en postura desconocida

Durante la meditación, especialmente cuando se practica con los ojos cerrados, hay momentos en que la sensación de la postura adoptada cambia por otra irreal en la que nos parece que el tronco se alarga o acorta, o que cambia radicalmente la orientación del cuerpo dentro de la sala de meditación. Todo esto es normal y se acompaña de una gran relajación.

Cuando profundizamos en la interiorización, lo primero que se produce es una inhibición automática de los sentidos (pratyāhāra). Los cinco sentidos ordinarios dejan de funcionar de la forma acostumbrada, o mejor aún, los órganos de los sentidos funcionan como siempre pero, de alguna manera, nuestra conciencia se desconecta de estos órganos o, más bien, podríamos decir que modifica dicha conexión. Es decir, podemos oír, ver, etc., a nuestro alrededor, sin que nos afecte en modo alguno lo que vemos, oímos, etc. Además, como extensión de esta inhibición sensorial, se puede distorsionar el sentido de ubicación e incluso se pueden percibir las sensaciones visuales, auditivas, etc., deformadas. Es como si lo que hasta ahora siempre había constituido una realidad incuestionable, perdiese credibilidad. Por supuesto, todas estas sensaciones son pasajeras, preludio para una mayor interiorización y normalmente muy placenteras. No hay que centrarse en ellas…, solo hay que ser conscientes de lo que sucede, sin establecerse en tales experiencias, sin que nos afecten.


117. Nuestra meditación